7 de julio de 2016

Palacios de la Ciudad de México

Fotografía: El Universal


En el programa "Crónicas y Relatos de México" transmitido por el Canal Once, la Sra. Ángeles González Gamio, quien fuera Secretaria General del Consejo de la Crónica de Ciudad de México (fundado por el difunto cronista Don Guillermo Tovar y de Teresa), presenta un recorrido por distintos barrios y monumentos de la Ciudad de México. En una de sus ediciones, la Sra. González Gamio hace un recorrido por tres de los palacios más notables que fueran de uso residencial durante el Imperio Hispánico. 

Comenzando con el Palacio de los Condes del Valle de Orizaba (mejor conocido como el "Sanborn's de los Azulejos"), pasando por el Palacio de los Marqueses del Jaral de Berrio (mejor conocido como el "Palacio de Iturbide"), y terminando con el Palacio de los Condes de Santiago de Calimaya (actualmente Museo de la Ciudad de México), la cronista invita al espectador a recrearse en un paseo por estos tres edificios que atestiguan más de trescientos años de historia de México.

Aunque la lista de palacios de uso residencial en la Ciudad de México se extiende mucho más allá de estos tres ejemplares, este reportaje es de los pocos que han capturado los siglos de historia que han pasado por estos edificios y sus usos actuales, algunos de restauración y otros para usos culturales. Lamentablemente, muchos de estos magníficos palacios han sido demolidos y otros han sufrido irreversibles daños, hiriendo el patrimonio de la ciudad de manera irreparable.

Desde el blog de Genealogía Novohispana, los invitamos a ver este reportaje, como pequeña muestra de la riqueza histórica y patrimonial del Virreinato de la Nueva España.



21 de abril de 2013

La Hacienda del Muerto.


La vida, indudablemente, da vueltas inesperadas. Muchas son las veces que nos encontramos con grandes hombres ensalzados en magnas obras, virtudes heroicas o glorias militares, para después verlos hundirse, quizás incluso conviviendo con la desgracia a la hora de la muerte, u olvidados por aquellos a quienes generosamente sirvieron. En ocasiones, estas paradojas no solo ocurren con las personas sino también con las ideas, estructuras, objetos y lugares. Pujanza y decadencia son dos palabras que, desgraciadamente, muchas veces se encuentran en el mismo párrafo. Al estudiar los remotos sucesos de la historia familiar, no es extraño encontrarse con más de alguna anécdota que nos recuerde a este fenómeno incomprensible de la realidad humana.  



Don Juan de Oñate.
Hace poco tiempo me volví a encontrar con la historia de la famosa Hacienda del Muerto, cuyo nombre no puede describir mejor su situación actual, aquella gloriosa hacienda tenida como oasis en medio de un desierto interminable, de la que hoy no quedan más que ruinas, testimonio de sus glorias pasadas, de su revoltosa historia y de su trágico fin. Formada originalmente por la vinculación de numerosas haciendas, San Antonio de Arista fue el nombre elegido en el siglo XIX por su fundador, Don Antonio de la Garza y Elizondo, para bautizar a lo que habían sido las antiguas haciendas de San Francisco de Cañas, Capirota, el Barrial y Porterillo, las cuales había heredado de sus ancestros. Las cuatro haciendas habían pasado intactas de generación en generación desde el siglo XVII hasta sus días, siendo su primer dueño el Capitán Don Bernabé de las Casas, importante militar, minero y terrateniente de origen canario, que había destacado en el uso de las armas bajo el mando del Adelantado Don Juan de Oñate, de quien obtuvo el grado de capitán tras tomar prisioneros a quinientos indios hostiles en Nuevo México como venganza por la muerte del Maese de Campo Don Juan de Zaldívar y Oñate, sobrino carnal del Adelantado. El Capitán Don Bernabé de las Casas tuvo la suerte de ver recompensados sus esfuerzos con numerosas tierras y cargos públicos, entre los que se encontraron el de Alcalde Ordinario de Santiago de Saltillo, Alcalde Ordinario de Monterrey, y más tarde Alcalde Mayor del mismo.

Tras establecerse en la creciente Villa de Santiago de Saltillo, el Capitán de las Casas fundó las haciendas de San Francisco de Cañas, En Medio, San José de la Popa, La Magdalena, Nuestra Señora de Eguía, Chipinque, Nuestra Señora del Rosario, así como las minas de San Nicolás Tolentino, cuya fundación compartió con su primo, el también célebre Capitán Don Francisco Báez de Benavides, entre otras. Una vez asentado su dominio sobre la agricultura, comercio, minería y gobierno del noreste de la Nueva España, intentó conseguir que el Rey le nombrase gobernador del Nuevo Reino de León, contratando a un oficial sevillano para que hiciera alarde de sus méritos en la Corte de Madrid, sin embargo, sus esfuerzos fueron inútiles y Las Casas murió dos años después de dejar su cargo como Alcalde Mayor de Monterrey. Numerosos libros y hasta un museo con su nombre, son testimonio de la importancia de este militar de los Reales Ejércitos, latifundista, minero, comerciante y servidor público, cuyo recuerdo es un componente clave para la historia del norte de la Nueva España. 

Don Bernabé de las Casas, como todo "recién llegado" que conoció el éxito, intentó atar parentescos con las familias fundadoras de las ciudades que habitó, aquellas que eran portadoras del prestigio local debido a  su valentía en tiempos difíciles para la conquista, así como por los privilegios de hidalguía concedidos a los fundadores y primeros pobladores de las Indias, y otros grandes méritos de los pioneros del proyecto americano de la Monarquía Hispánica. El Capitán pondría el ejemplo contrayendo matrimonio con Doña Beatriz Navarro y Rodríguez Castaño de Sosa, viuda del Capitán Don Alonso de Sosa y Albornoz, compañero de armas de Don Bernabé, y nieta del General Don Diego de Montemayor, fundador de Monterrey y Gobernador del Nuevo Reino de León. Más tarde, sus hijos enlazaron con familias como los  Villarreal, Fernández de Montemayor y de la Vega, siguiendo los Treviño, de la Garza, Rentería, Martínez-Guajardo, Carvajal, así como demás clásicos de la genealogía neoleonesa.

Don Diego Fernández de Córdoba y de las Roelas,
Marqués de Guadalcázar,
Virrey de la Nueva España y del Perú.

Sin embargo, sería Doña María de las Casas y Navarro, hija de Don Bernabé, la única que rompería la política familiar, contrayendo matrimonio con un "recién llegado". El último yerno del Capitán de las Casas  era un militar andaluz que rápidamente había ascendido a la cúpula virreinal debido a su brillante carrera de armas, así como por sus conocidos parentescos en la Corte, mismos que lo habían traído a la Nueva España en tiempos en los que el virrey y él compartían vínculos de sangre y aún el mismo apellido. Don Bernabé de las Casas otorgaría a su hija Doña María cuatro de sus mejores haciendas como parte de la dote para su enlace con el Capitán Don Juan Alonso Fernández de Córdoba y Lobo-Guerrero, Regidor de Monterrey en tiempos del Virrey Marqués de Guadalcázar, Don Diego Fernández de Córdoba y López de las Roelas. 



Los continuos cambios onomásticos de Don Juan Alonso nos desorientan al investigar su rol en la historia virreinal, sin embargo, a pesar de los tres o cuatro nombres que se utilizaron para hablar de él (como era común en su tiempo), sabemos con certeza que vio la luz en la entonces Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Córdoba, en Andalucía, apodada "la Sultana", en el año de 1578, y que fue hijo de Don Juan Lobo-Guerrero y de Doña Juana Fernández de Córdoba, ambos de la misma naturaleza. La familia Fernández de Córdoba no solo se encuentra entre las más antiguas y nobles de España, sino que sus vástagos ocuparon altísimos cargos en la América Hispánica, y muchas veces decidieron sus designios, sin duda la amaron, pues dejaron ahí su descendencia, la cual aún camina por tierras ultramarinas. Curiosamente, en tiempos en los que el Marqués de Guadalcázar, Don Diego Fernández de Córdoba, fungió como virrey del Perú (después de serlo de la Nueva España), el Arzobispo de Lima fue el Excmo. y Rvdmo. Sr. Don Bartolomé Lobo-Guerrero y Góngora, y nuestro Capitán Don Juan Alonso provenía de ambas familias. Su destino, sin embargo, no fue Lima sino la Nueva España, cumpliendo sus funciones como Regidor de Monterrey, en el Nuevo Reino de León, soldado al servicio de los Ejércitos de Su Majestad, y formando una familia con la hija de otro militar, el poderoso Capitán Don Bernabé de las Casas. 

Don Bartolomé Lobo-Guerrero y Góngora,
Arzobispo de Lima.
La dote de Doña María sería el componente esencial en la creación de la importante Hacienda del Muerto, que alcanzaría la fama por ser escenario de numerosos ataques de indios comanches a territorio español, así como uno de los factores de producción más importantes de Nuevo León desde el siglo XVII hasta el siglo XX, cuando la Reforma Agraria acabó con el campo mexicano. El Capitán Juan Alonso Fernández de Córdoba se reveló como un excelente administrador, y su habilidad innata para tratar asuntos agrícolas ayudó a expandir la propiedad y aumentar su producción.

La familia Fernández de Córdoba-de las Casas, sería quien custodiara las cuatro haciendas que Don Bernabé concedió en dote a su hija Doña María, y lograrían acrecentarlas, pasándolas en heredad a sus descendientes, que si bien no recibirían el ilustre apellido que les mereció las tierras, sí se portarían a la altura que exige la gratitud. Las haciendas de San Francisco de Cañas, Capirota, el Barrial y Porterillo, serían escenario de ataques, batallas, sequías y heroica resistencia. En el siglo XIX, aún siendo blanco de indios hostiles, se decidió unificar las cuatro haciendas, que ya desde antaño funcionaban como una sola, centralizando su administración en una casa fortificada, que sería objeto de admiración de quienes tuvieron el honor de visitar sus salones y jardines.


Tras la emancipación mexicana de España, y la violencia que daría lugar a la naciente república, Don Antonio de la Garza y Elizondo, descendiente del matrimonio Fernández de Córdoba-de las Casas, fue quien encabezó la unificación de las cuatro haciendas, y las rebautizó en honor a San Antonio de Padua, su santo patrono. Más tarde recibirían el nombre de San Antonio de Arista, pero debido a su posterior historia, sería recordada en el imaginario popular como San Antonio el Muerto.

Maqueta de la Hacienda de San Antonio Arista.

Don Antonio de la Garza, al ver los tiempos que corrían, vendería las haciendas a un pariente suyo, Don Juan José de Villarreal y Elizondo, descendiente del Capitán Don Diego de Villarreal, fundador y explorador novohispano, cuya sangre también se mezcló con el matrimonio fundador de dichas tierras. Don Juan José de Villarreal acrecentó la producción de la hacienda, construyó un acueducto, casas para sus numerosos sirvientes, y continuó la difícil empresa de fortificar la hacienda. Esta última decisión sería quizás la más acertada, pues a la etapa más bélica debido a los continuos ataques de indios hostiles, siguieron las Guerras de Reforma, que encontrarían en la hacienda un escenario ideal para librar algunas de sus numerosas batallas.


La hacienda conoció grandes glorias, pero éstas no se extendieron hasta el siglo XX, como las de gran parte de las haciendas de México. Habiéndose encontrado en la facción conservadora de las Guerras de Reforma, los Villarreal apoyaron entusiasmados la restauración monárquica del Segundo Imperio Mexicano. Tras la caída de éste, en 1867, los liberales volvieron al poder, haciéndoles pagar con creces su supuesta "traición a la Patria". Nueve años después, en 1876, la Hacienda de San Antonio sería nada menos que escenario de la Batalla de Icamole, donde fueron derrotadas las fuerzas del General Porfirio Díaz, del bando más liberal, ante las fuerzas federalistas del Presidente Don Sebastián Lerdo de Tejada y Corral. La derrota le ganó al General Díaz el apodo poco amable de "el llorón de Icamole", cosa que que no olvidó siquiera cuando finalmente subió al poder. Ese mismo año, el gobernador juarista, Don Manuel Z. Gómez, retomó sus hostilidades contra los Villarreal, intentando obligarlos a aportar económicamente a la causa federalista de Lerdo de Tejada, a lo que Don Juan José se negó alegando que ya había aportado mucho al ser su casa escenario de una batalla y tener que pagar los gastos de la misma, así como el arreglo de su hacienda. La beligerancia en contra de la familia propietaria de la hacienda se volvió insostenible durante el resto del siglo XIX, y una hacienda de esas proporciones requería demasiado esfuerzo, influencia y colaboración. Finalmente, en pleno porfiriato, la hacienda tuvo que ser vendida por Don José Melitón de Villarreal, hijo de Don Juan José, y distinguido filántropo neoleonés, a un persona extraña a la familia.

En 1904, por primera vez en tres siglos, las tierras de los Fernández de Córdoba-de las Casas pasaron a manos de una familia sin ninguna relación con ellos. Sin embargo, el futuro de la Hacienda de San Antonio de Arista no estaba por ello asegurado, pues treinta años después sería dividida por el gobierno revolucionario para su configuración en una propiedad ejidal, en posesión de los antiguos labradores de la misma. El nuevo sistema agrario, como todos sabemos, fue un fracaso, y este oasis en medio del desierto, conocido como la Hacienda de San Antonio de Arista, comenzó casi inmediatamente a deteriorarse y a ser abandonada, adquiriendo trágicamente el mote de Hacienda del Muerto, no debido a leyendas de fantasmas, como dicen los guías de los miles de turistas que la visitan cada año, sino por su estado semejante al del esqueleto de un cadáver. Los campesinos, engañados por una revolución que les prometió vivir como señores al convertirse en propietarios, pronto dejaron la tierra de sus antepasados y emigraron, en su mayor parte a Estados Unidos, en búsqueda de trabajo y sustento.


La vida, indudablemente, da vueltas inesperadas.




Estado actual de la Hacienda de San Antonio.



Bibliografía

-Lozano de Salas, Ernestina. San Antonio del Muerto: Una Hacienda Decimonónica en el Noreste de México. Universidad Autónoma de Nuevo León. Edición ilustrada. 2003. Monterrey, México.

-Garza y Martínez, Valentina; Pérez Zevallos, Juan Manuel. Libro de Cabildo de la Villa de Santiago de Saltillo (1578-1655). CIESAS. Primera Edición. 2002. Ciudad de México.

-Garmendia, Guillermo. Origen de los Fundadores de Texas, Nuevo México, Coahuila y Nuevo León: Vecinos de Saltillo (1575-1710). Tomo II.

-Guerrero Aguilar, Antonio. Melitón Villarreal: Vida y Obra de un Filántropo Nuevoleonés. Universidad Mexicana del Noroeste. Ediciones Aprendera Ser. 1992.


7 de mayo de 2012

Veinte Mil Visitas




Con motivo de las primeras veinte mil visitas al blog de Genealogía Novohispana, he decidido re-editar la entrada correspondiente a los títulos nobiliarios concedidos a naturales y vecinos de la Nueva España, por ser este tema de tanta relevancia en la historia de nuestro territorio. La lista que se publica es de gran interés, y ahora, a partir de su re-edición, es quizás la más completa que se encuentre en Internet. 

Para acceder a la versión re-editada del artículo Títulos Nobiliarios en la Nueva España, se puede hacer fácilmente a través del enlace encontrado en el costado derecho, bajo el subtítulo de Entradas Populares, o haciendo click en el siguiente enlace que llevará directamente al artículo.


Gracias a todos los que son parte de este proyecto y espero que sigamos construyendo juntos esta parte tan importante de la historia de la Nueva España. 




  Saludos desde la Madre Patria,

Daniel Delfín y Martínez de Velasco


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